Capítulo 63:
El aire en la sala estaba cargado de tensión cuando Avery salió de su habitación, sintiendo el peso de sus pensamientos. Elliot y Ben ya habían terminado de cenar, y ahora estaban relajándose en el salón, fumando en silencio. El aroma del cigarro flotaba en el aire, pero Ben apagó rápidamente su cigarro en el cenicero al notar la presencia de Avery.
«¿Quiere unirse a nosotros, Señorita Tate?» preguntó Ben, con una sonrisa tranquila.
Avery asintió, pero su mente estaba concentrada en algo mucho más importante. Caminó hasta donde estaba Ben, pero su mirada se desvió rápidamente hacia Elliot. Con firmeza, le dijo: «Me gustaría hablar con Elliot a solas.»
Ben se sorprendió, sin esperar que la conversación fuera en esa dirección. ¿Era esa su forma de echarlo? Se levantó, incómodo, y, tras un pequeño suspiro, dijo: «Me voy. Tengan una buena charla. También podrían dar un paseo afuera. Hace buen tiempo.» Enseguida se apresuró a salir de la casa, dejando a Avery y Elliot a solas en el silencio denso de la habitación.
Avery se sentó donde antes lo había hecho Ben, su mirada fija y determinada. El pensamiento de Cole retenido y a punto de perder un dedo le apretaba el pecho. No tenía tiempo para rodeos. Tenía que ser directa. «Cole acaba de llamarme. Está retenido en un casino y alguien quiere cortarle el dedo.»
Elliot, que ya había recibido noticias de su gente en el casino, no se sorprendió. Sabía lo que pasaba. «¿Estás triste?» La calma con la que respondió no ocultaba la incomodidad al escuchar el nombre de Cole.
Avery continuó, sin apartar la mirada de él. «La gente que lo tiene retenido cree que tiene el nuevo sistema de Industrias Tate, así que le prestaron dinero para que jugara. Ahora piden el programa como compensación. Tú estás entre las personas que saben que él tiene el programa…»
La pregunta que le planteaba no era una simple duda; era una acusación directa. «¿Estás sospechando de mí?» Los ojos de Elliot se tornaron fríos al instante, y la ceniza de su cigarro cayó lentamente entre sus dedos, como si el momento ya estuviera marcado por una creciente tensión.
«Sólo estoy preguntando. Si no eres tú…» comenzó Avery, pero Elliot no la dejó continuar.
«Soy yo,» dijo Elliot con una sonrisa maliciosa, como si ya supiera lo que venía. «¿Te pondrás de rodillas para suplicar por él?»
Avery levantó las cejas, como si esa idea no fuera ni remotamente una opción. «Por encima de mi cadáver.» Las palabras salieron con una frialdad inquebrantable. Cada músculo del cuerpo de Elliot se tensó. «¡¿No crees que no les pediré que le corten el dedo?!» rugió, su voz cargada de rabia.
«Adelante, hazlo,» respondió Avery, sin mostrar un atisbo de miedo.
Hubo un largo silencio. Ambos parecían medir al otro, esperando a ver quién cedía primero, pero Avery no estaba dispuesta a flaquear. «Solías decirme que yo era la única mujer a la que amabas, pero esta noche has salido a hacer Dios sabe qué con mi hermana. Si le cortas el dedo, te encenderé un cigarrillo. ¿Qué te parece?» Las palabras de Avery fueron un desafío que golpeó directo al corazón de Elliot.
Los ojos de Elliot se volvieron tan fríos como el hielo. La calma de su rostro no hacía más que aumentar la presión de la conversación. Parecía que ya no le importaba lo que sucediera con Cole Foster. Al fin y al cabo, Cole era solo un perdedor más, alguien que ya no tenía nada que ofrecerle.
En ese momento, el teléfono de Elliot sonó. Miró la pantalla rápidamente, pero sin responder, apagó el teléfono. Avery, al ver lo que hacía, sacó su propio teléfono. No contestó, solo miró la pantalla antes de presionar el botón de apagado.
La habitación estaba tan silenciosa que podían oír los débiles latidos del corazón del otro. El aire estaba cargado de una tensión palpable, como si ambos supieran que este intercambio definiría algo más grande que simplemente un juego de poder.
Finalmente, Avery rompió el silencio, su voz baja pero firme. «No te metas conmigo, Elliot. Si no, te arrastraré conmigo.»
Su amenaza no era vacía. Sabía que podía tener la última palabra si las cosas llegaban a ese punto, y él lo sabía también. Elliot no respondió, pero su mirada intensa y fría dejaba claro que, en ese momento, las reglas del juego habían cambiado para ambos.
