Cuando sus ojos se abrieron

Cuando sus ojos se abrieron(18)

Capítulo 18:

Elliot la observaba sin emoción alguna. Su mirada era fría, como una daga afilada. No dijo nada, pero su presencia era tan abrumadora que Avery sintió la necesidad de salir de la sala. Sin embargo, algo la detuvo. Una sensación extraña la invadió, como si su cuerpo hubiera quedado congelado en el mismo lugar.

Él rompió el silencio con su voz grave y distante.

—Siéntate.

Avery lo miró, sin comprender del todo. ¿Qué quería ahora? ¿Por qué seguía allí, observándola como si fuera una pieza de ajedrez en su tablero? ¿Qué pretendía?

Finalmente, sin muchas ganas de prolongar la conversación, se sentó frente a él. Había un aire incómodo que colmaba el espacio, y a pesar de que trataba de parecer tranquila, sus manos temblaban levemente.

Sobre la mesa de centro, un portátil estaba abierto. La pantalla mostraba algo que Avery no esperaba ver: imágenes de vigilancia. En la grabación, ella estaba en la cama, y junto a ella, Elliot. Su sangre hirvió al ver esas imágenes. Su rostro se tornó rojo de furia.

Se levantó abruptamente, señalando la pantalla con el dedo.

—¿Eres un pervertido? —su voz estaba cargada de indignación—. ¿Has instalado una cámara en mi dormitorio?

Elliot la miró sin moverse. Su expresión no cambió, pero su mirada se tornó más severa.

—¿Por qué supones que fui yo quien instaló las cámaras? —preguntó con calma, pero su tono era cortante.

Avery estaba confundida, casi sin poder procesar lo que estaba sucediendo. No podía entender cómo eso había ocurrido, cómo él había visto esa grabación. Pero había algo más que no comprendía. Si él estaba tan molesto, ¿por qué no lo había mencionado antes?

Elliot continuó, su tono un poco más frío.

—Mi madre fue quien instaló esas cámaras. Estaba preocupada por mi salud mientras estaba en estado vegetativo. Quería asegurarse de que nadie me maltratara.

Avery se quedó quieta, procesando la información. No era lo que esperaba escuchar, pero eso no hacía que la situación fuera menos incómoda. Aún sentía que su privacidad había sido invadida de una manera que no podía perdonar.

—Oh… —dijo Avery, claramente incómoda—. ¿Fue tu madre? No me lo esperaba.

Pero su incomodidad no desapareció. De hecho, la rabia seguía creciendo en su interior. ¿Cómo pudo alguien hacerlo sin avisarle? ¿Cómo pudo estar siendo observada sin saberlo?

—¡¿Cómo pudo hacerme esto?! —exclamó Avery, furiosa—. Al menos podría haberme dicho algo. ¡Yo… yo…!

Elliot la observó con una mezcla de frialdad y una leve sorpresa. No parecía entender del todo su reacción, pero no le importaba mucho. Él se sentó con una postura relajada, como si no le importara la tormenta que había desatado.

—No esperabas que me despertara, ¿verdad? —su voz se volvió algo más mordaz—. Parecía que te divertías jugando con mi cuerpo cuando estaba enfermo.

Las palabras de Elliot dejaron a Avery sin aliento. La sangre le subió a la cara, pero ella no iba a permitir que le arrebataran su dignidad tan fácilmente. Se sentó nuevamente, con las manos apretadas sobre sus rodillas, tratando de mantenerse serena.

—¡No lo hice! —respondió Avery, casi gritando—. ¡No estaba jugando! ¡Te estaba dando un masaje! ¡Era parte de la fisioterapia!

Recordaba los días en que, después de mudarse a la mansión, observaba a la enfermera hacerle terapia física a Elliot. Era algo que tenía que hacer, y ella lo asumió como parte de su deber. Pero nunca imaginó que él estuviera observando, ni que alguien estuviera grabando todo.

Elliot, sin embargo, no parecía convencido. Su mirada era fija, casi evaluadora.

—¿Te molestó tanto que te grabara? —dijo Elliot, más tranquilo, pero con un toque de sarcasmo.

Avery sintió un nudo en el estómago. ¿Realmente estaba discutiendo sobre eso ahora? Si tan solo hubiera sabido que había cámaras en el cuarto. Si tan solo hubiera sido informada de que estaba bajo vigilancia, nada de esto habría sucedido.

De repente, Avery sintió la necesidad de defenderse aún más. Sabía que la grabación no mostraba nada fuera de lo común, pero aún así no podía soportar la idea de que él tuviera esas imágenes de ella.

—Puedo explicarlo —dijo, pero su voz temblaba levemente—. Los médicos me dijeron que habías estado a punto de morir. No esperaba que te despertaras… y te estaba dando fisioterapia en serio. No puedes concentrarte solo en lo que tocaba. Estaba ayudando en tu recuperación.

A pesar de sus palabras, Elliot no parecía impresionado. De hecho, parecía que cada palabra que ella decía solo incrementaba su malestar. Su cabeza le dolía solo de escucharla.

—Déjame encontrar un clip donde te dé un masaje adecuado —dijo con indiferencia, dándole un toque de burla a su tono.

Avery suspiró, sintiéndose cada vez más impotente. Al final, no le quedaba más que enfrentarlo de alguna manera. Deslizó el dedo por el panel táctil del portátil, con los nervios a flor de piel, y tras un par de minutos, cerró el portátil y se levantó de un salto.

—¡Maldita sea! —gritó, con el rostro rojo—. ¡¿Has visto todo eso?! ¡Todo lo que está ahí… lo has visto todo, ¿verdad?!

Elliot no respondió. Sabía que había visto todo, y no le molestaba. Le importaba poco cómo Avery se sentía. Su actitud seguía siendo la misma, fría y distante.

Avery, furiosa y humillada, tomó el portátil y salió de la sala, cerrando la puerta con fuerza detrás de ella. En el pasillo, el conductor de la casa había estado escuchando los gritos. Suspiró, sin poder imaginar lo que había sucedido entre los dos. Finalmente, había presenciado algo que no estaba acostumbrado a ver: una mujer que finalmente comenzaba a meterse en la mente de Elliot Foster.

A las siete de la tarde, Avery había borrado las grabaciones y devuelto el portátil a su lugar. La tensión que había acumulado a lo largo del día aún la dejaba exhausta. Se dirigió al comedor, pero allí no encontró a Elliot. Sin embargo, la incomodidad seguía siendo palpable. Tenía la sensación de que había cámaras vigilándola en cada rincón de la casa.

La señora Cooper apareció en la cocina y notó su expresión.

—No sabía que hubiera cámaras de vigilancia en el dormitorio principal, señora —explicó con una sonrisa amable—. El Señor Elliot no tiene nada que ver con eso. Nadie se preocupa más por la privacidad que él.

Avery apenas la escuchó. Estaba demasiado perdida en sus propios pensamientos.

—No pasa nada. Ya he borrado todo —respondió, sin ganas de seguir hablando.

La comida no le apetecía. Solo quería dejar atrás esa sensación extraña que le oprimía el pecho. Pero antes de que pudiera levantarse, Elliot apareció en la puerta del comedor, mirándola fijamente. Sin decir una palabra, sus ojos parecían analizarla, atravesarla. Era una mirada intensa, casi peligrosa.

Avery lo miró a su vez, tratando de mantener la compostura. Pero el corazón le dio un vuelco. En ese momento, sabía que aún quedaba mucho por resolver. No podía huir de él tan fácilmente.

—Muévete —dijo él, con su voz profunda y casi hipnótica.

Avery, completamente desconcertada por la intensidad de la situación, se apartó rápidamente para dejarlo pasar. No quería mostrar debilidad, pero su corazón latía desbocado.

Él pasó junto a ella, sin decir nada más. Avery, por su parte, no pudo evitar sentir que las palabras de Elliot se quedaban con ella, como una marca imborrable.